La historia de Inés de Castro está marcada por el apasionado romance que mantuvo con Pedro I de Portugal y que terminaría con su asesinato en Coímbra en 1355.
Hija de don Pedro Fernández de Castro y doña Aldonza Suarez de Valladares, Inés nació en A Limia – Ourense – en 1320. Cuando apenas contaba siete años y tras la muerte de su madre, don Pedro la envía al Castillo de Peñafiel donde será educada junto a su prima Constanza Manuel hija del infante don Juan Manuel y de Constanza de Aragón.
En 1338, tras recibir los pertinentes permisos de la Casa Real de Castilla, Constanza Manuel parte hacia Lisboa donde, en agosto de 1339, contraerá matrimonio con el príncipe Pedro, hijo de Alfonso IV de Portugal.
Se dice que la belleza de Inés, que acompañaba a su prima en calidad de dama parente, cautivó al instante al joven príncipe que la definiría como muchacha bellísima de cuerpo esbelto y cuello de garza.
Al parecer, a partir de ese momento Inés y el príncipe mantuvieron una relación que excitó la pasión de los celos en Constanza, que en un intento por separarles otorgó a Inés el madrinaje de su primer hijo, Luis, sin embargo su muerte prematura, termino por unir más si cabe a los amantes.
El rey luso Alfonso IV, padre de Pedro, intervino desterrando a Inés a Albuquerque – Extremadura – sin embargo, el príncipe incapaz de olvidarla, la visitó con insistencia.
El 13 de noviembre de 1345 Constanza fallecía después de dar a luz al tercero de sus hijos, el futuro heredero Fernando.
Una vez viudo, ninguna razón obligaba a Pedro a ocultar su relación con Inés, fruto de la cual nacerían Joao, Alfonso – fallecido prematuramente – Dionis y Beatriz.
El rey cada vez más preocupado por la situación y el futuro de su nieto legítimo Fernando, se reunió con algunos de sus nobles el 7 de enero de 1355 Montemor-o-Velho, y estos le persuadieron para quitar la vida a Inés. Parece ser que los principales instigadores de este atentado fueron tres señores, enemigos de los Castro, llamados Alonso Gonzálvez, Pedro Coelho y Diego López Pacheco.
A pesar de sus dudas, un día que el infante Pedro había organizado una cacería, el monarca se dirigió secretamente al Monasterio de Santa Clara, próximo a la “Quinta das lágrimas” en Coímbra. Conocedora Inés de las intenciones de rey, se rodeó de sus hijos y salió a esperarle logrando su compasión con lágrimas y súplicas, sin embargo algunos de los caballeros que le acompañaban, entre ellos Gonzálvez, Coelho y López Pacheco, le rogaron que les enviase a matar a Inés, y no debió oponerse el rey, puesto que los dichos caballeros entraron donde estaba Inés y la mataron a puñaladas en presencia de sus hijos.
Al conocer los hechos, Pedro reunió a sus leales y declaró la guerra a su padre. Sitió la ciudad de Oporto y durante meses el clima de guerra invadió todo Portugal. En agosto del mismo año padre e hijo firmaron un tratado de paz que se prolongaría hasta la muerte de Alfonso IV, dos años más tarde. Pedro fue coronado como rey y se le conocería como Pedro I El Cruel o El Justiciero.
Mientras los asesinos de doña Inés permanecían refugiados en Castilla, donde se habían exiliado aconsejados por Alfonso IV, Pedro preparaba su venganza y así, después de solicitar a la corona castellana su extradición, dio a conocer que antes de la muerte de Inés, y en secreto, habían santificando su unión ante el obispo de Guarda y de algunos servidores y que por tanto ella era la reina legítima de los portugueses.
El rey castellano, también llamado Pedro I El Cruel, accedió a la petición del rey portugués y devolvió a dos de los asesinos, ya que el tercero Diego López Pacheco, había conseguido escapar y su pista se perdía en la Corte Papal de Aviñón.
Alonso Gonzálvez y Diego López Pacheco expiaron de un modo terrible su crimen; al primero le fue arrancado el corazón por el pecho, y al segundo por la espalda. Incluso se afirma que el rey mordió llegó a morder aquellos dos corazones.
Después ordenó exhumar el cadáver de Inés, la sentó en el trono, haciéndola coronar y obligando así a los cortesanos a que la prestaran los honores debidos a una reina.
Suntuosos fueron los funerales que se hicieron a Inés; su cuerpo fue depositado en el Monasterio de Alcobaí§a, en una tumba de mármol blanco, con una efigie coronada que Pedro había hecho preparar de antemano, y cerca de la cual hizo erigir su propia sepultura. Dispuso que los catafalcos se tocaran los pies: quería que el día de la resurrección, al levantarse, su primera imagen a contemplar fuera la de Inés. La descendencia de Inés no ascendió directamente al trono, pero contrajo alianzas con todas las familias reinantes en Europa.